lunes, 9 de noviembre de 2009

MI DIOS PEQUEÑO

Límpar, la ciudad donde mis sueños duermen esperando florecer un día, como las blancas rosas de Damasco, hoy sustituidas por púrpuras de Babilonia. Allá, junto a la fresca fuente que susurra melodías, frágiles como el llanto de la virginidad perdida, yace la inocencia de mi primer bostezo. Allá mis esperanzas junto a mi Dios pequeño; allá mi andar pausado junto a los naranjos aromados por sus flores de nieve. Allá duerme la luna que me enseñó a volar y el caballo de fuego que me hizo ser guerrero, mi musa de los versos y mi espada sin yelmo, duermen junto al granado que me llevó hasta el cielo.

Mis rosas damasquinas, hace tiempo murieron en un hondo pesar que brota de recuerdos y el ruiseñor que canta me hace sentir más lejos de la niñez del juego y la niñez del viejo, pero la vida fluye aunque yo siga ajeno. Fluye por los parterres y los montes sin dueño; fluye bajo las aguas y en los barcos sin remos, dejados por almas que cruzan el Estrecho; en la lágrima maternal que llora sus hijos muertos. La vida es un volcán implacable y eterno, cruel que no se para a rezar a los muertos que se amontonan en las playas y desiertos; almas frágiles e ilusas que perseguían un sueño, que murieron de sed o ahogados hasta el centro. La rueda va girando y todo queda leso y en su girar aplasta todo sufrimiento y el rojo se diluye por los azules pétreos. Pero mi Dios pequeño siente el dolor que siento y lo sufre conmigo en el callado invierno. ¿Qué dioses han mandado producir los tormentos?

Bagdad, otrora lugar de lunas y estrellas somnolientas, de jardines eternos y musicales acequias, hoy escucha rugir la muerte como un trueno, como un duende negro que acecha en cada esquina para segar como cuervo las risas del colegio y esparcir la sangre de la inocencia por el cristal del miedo, atento a cada beso, a cada risa alerta. No ha de tener el hombre sino pánico eterno. ¿Qué vil o que inconsciente ha despertado este espectro?

Espectro que recorre ciudades y pueblos sembrando muerte y odio por doquier en el Orbe, que hace brotar ríos de sangre e intolerancia rebelde en los centros más nobles y que cubre de luto los amores más tiernos, que llena de tristeza los hogares mas regios. Ya nadie busca rosas ni jazmines en celo; miran al horizonte, por si viene el espectro, y se esconden muy lejos temerosos del tiempo, de una ola de hierro que masticaba fuego. Y los dioses (¿Qué dioses?) vigilan desde el templo.

Yo, desde mi Límpar observo y espero que la noche se acabe y un lubricán anuncie que llegan otros tiempos, de risas infantiles donde las rosas vuelvan a ser blancas y el pan no tenga fuego. Mientras tanto miro y lloro, aquí en la lejanía, junto a mi Dios pequeño.

Josh A. De Marías.

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