viernes, 18 de mayo de 2012

El día de Caín, terrorismo financiero



Caín mató a Abel, eso dicen las sagradas historias antiguas. Pero, ¿Por qué lo hizo? Tal vez por aquellos tiempos los métodos de usura no se habían inventado. Porque, de haberlo hecho, Caín no habría tenido necesidad de matar a su hermano y solo con ofrecerle sus servicios como distribuidor y asesor comercial hubiera sido suficiente. Se ve que los terroristas financieros no tenían muy desarrollados sus sofisticados mecanismos en aquellos tiempos.

Estos se debieron empezar a  descubrir el día que un pastor mandó a su amigo (un vago que le seguía a todas horas a cambio de un vaso de leche y unos cuantos trozos de queso) al mercado a vender un cordero y el pícaro pensó que si se quedaba con una parte, nadie se enteraría. Con el tiempo, el amigo mejoró la técnica y aumentó la cantidad con la que se quedaba de la misma forma que menguaba la cantidad entregada al pastor.
Un día, pensó el pícaro, mientras devoraba un trozo de cecina regada con tinto tempranillo (ambos comprados con lo sisado al pobre pastor) bajo la sombra de un manzano, que tal vez sacara más si realizara la misma labor para varios pastores.
Y así lo hizo: ofreció sus servicios de vendedor distribuidor a varios ganaderos y estos, que no tenían muchas ganas de abandonar sus rebaños, accedieron encantados y hasta se admiraron de la generosidad del holgazán y otros se burlaron de su falta de entendederas.
El pícaro sisaba y sisaba y su negocio prosperaba. Mucho más lo hizo aún cuando decidió comprar un carro con bueyes  y, además de los pastores, pensó  que también podía transportar productos de los agricultores y venderlos en el mercado junto a los corderos.
A pastores y agricultores les pareció muy bien la idea, pues liberarse del transporte y la venta de sus productos les permitía dedicarse por entero a la producción con lo que esta aumentaría y pensaban inocentemente que de esta forma su hacienda aumentaría, sin saber que lo único que estaban engordando era la bolsa del holgazán. Ya sabemos que la mentalidad del que trabaja, es ajena a las intrigas y pensamientos retorcidos de la picaresca. Por eso, en su mentalidad inocente y bien intencionada, los productores de alimentos, fueron ajenos por completo al robo del que eran objeto.
El pícaro, por el contrario, amplió su área de acción y con el tiempo tuvo que comprar más y más carros hasta tener una verdadera flota y un ejército de cocheros y peones, a los que pagaba una miseria,  que se encargaran de recoger y transportar los productos mientras que él se dedicaba a venderlas en el mercado, hasta que cayó en la cuenta de que podía servirse de los otros vendedores y abastecerles, con lo que él solo tendría que limitarse a negociar los productos y cobrarlos.
De esta manera, el pícaro, de mangante pasó a magnate y a la vez a ser un respetable distribuidor y puente de enlace entre productores y vendedores.
Se compró una mansión, eligió una bella dama, amante de las sedas y oropeles, y formó una familia de muchos hijos a los que educó en el arte de la sisa fraudulenta.
La familia extendió sus redes comerciales, en principio a otras comarcas de la provincia y a otros mercados de la capital; luego a otras provincias y a otras capitales y finalmente a todo el reino.
La fortuna familiar aumentaba en la proporción que los hijos y nietos del pícaro se hacían mayores, se casaban y tenían hijos que se iban responsabilizando de las diferentes áreas y zonas de distribución. Era una familia respetada, de muchos posibles y grandes niveles, que viajaban en carruajes de lujo y tenían criados, chóferes y doncellas, celebraban muchos eventos familiares presididos por un anciano pícaro de profunda mirada, pelo blanquecino y escaso, y una cara llena de arrugas.
En uno de esos eventos, un picarillo, nieto del gran pícaro, expuso su genial idea: “La distribución era muy costosa, requería mucha dedicación y mucho gasto en la reposición de carros y animales y, además, estaba la tarea y el gasto de supervisar y pagar a todo el personal de las empresas”.
“Dejemos que sean otros los que asuman las pérdidas y los gastos de mantenimiento y personal y limitémonos a disfrutar nuestra placentera vida y a proporcionar el dinero para el comercio a cambio de un rédito temporal que fijaremos previamente. De esta forma, sin movernos de nuestras hermosas casas, el beneficio de todos los trabajos que se realicen en el reino, vendrá a nuestras manos sin el menor esfuerzo. Nosotros, solo tendremos que limitarnos a llevar una contabilidad rigurosa de lo que cada cual nos debe y de lo que tiene que pagarnos de gabela. Así, queridos hermanos y demás familiares, aumentaremos nuestros beneficios y patrimonios hasta niveles nunca imaginados y reduciremos a cero nuestro trabajo”.
La familia entera exploto en un sonoro aplauso, mientras el pícaro patriarca asentía con la cabeza ladeada y  temblorosa, con una sonrisa entre sarcástica, placentera y burlona que dejaba escapar un hilo de saliva que resbalaba por su barbilla cayendo sobre el pecho cubierto de prendas de lino.
Ese día, nació por aclamación la usura y se plantó el germen del capitalismo contemporáneo. Los días de Caín y su venganza, por fin habían llegado.





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