lunes, 4 de junio de 2012

Rajoy, el mal padre y el dilema de la izquierda


 Cerca del lugar donde un día decidí construir la casa en la que quise hacer mi hogar, vive un aristócrata de convicción y costumbres, medio indigente de condición, que un día, a prisa y corriendo tuvo que comprar un caserón de mala muerte, construido allá por los años treinta del siglo pasado, sin agua ni luz y casi sin techo, porque la casa familiar en la que vivía  fue declarada en ruinas y derribada por el ayuntamiento al ser calificada como  peligrosa para los viandantes.


Nuestro amigo, puso una lona para cubrir el tejado, compró un generador de gasóleo (que casi siempre está sin combustible por falta de liquidez) y en cuanto al agua,  pues ni se molestó en solicitarla. Y sin agua sigue desde hace más de diez años. “¿Agua, pá qué? Yo no la bebo y ducharme me ducho en la piscina o en las duchas del hotel, ¿Pá qué quiero yo el agua? Habiendo cerveza…” Suele alegar. Es cierto, a afeitarse cada semana, los que le conocemos sabemos que va un par de veces a los baños del hotel de al lado y en cuanto a ducharse, como se ducha una vez en primavera y otra en otoño, las mismas que se cambia de ropa, pues no se ve un problema de difícil solución. Beber, lo que se dice beber, le vemos a menudo, pero la verdad es que agua no le hemos visto beber nunca. Así que, un día alguien le pregunto si le parecía bien si privatizaban la red de distribución de agua y contestó que por él cuando quisieran. Lógico.
Aparte del solar de la casa derribada y la especie de chamizo que compró en plena plaza central del pueblo  por seis mil euros, nuestro héroe posee muchas tierras que heredó de su padre cuando este apareció muerto y reventado, seguramente de una paliza que le dieron por una deuda de juego, en una acequia de la vega cercana. Tierras localizadas en varios pueblos de los alrededores de las que ni es consciente de ser propietario y que se encuentran en pleno abandono y criando monte, mientras él se recorre los pueblos de toda España recogiendo la chatarra que compra su jefe, el chatarrero, y llevándola a la chatarrería por 30 euros al día y la manutención.
Formas hay en el mundo de ser feliz y a veces se tiene todo y no se es y otras se alcanza la felicidad sin tener nada.
Muchos en el pueblo le juzgan severamente y alguno ha planteado (una arqueóloga forastera hija de diputada sucialista que se caso con un paisano) hacer una votación para echarle del pueblo y esas cosas, sin que la idea haya prosperado porque otros, que sabemos la historia, la hemos parado a tiempo. Porque el caso es que cada uno tiene derecho a vivir como quiera si no moleta a nadie y él no molesta.
Además, un zagal que se pasó toda la infancia con su madre yendo al cole tres veces al año, mientras el padre se pulía el patrimonio familiar y el fruto de las cosechas en mesas de juego y casas de prostitución, que ambos vieron a su padre dos veces contando la del bautizo y la del entierro... Lo raro es que la historia hubiera tenido un final diferente y nuestro amigo nos hubiera salido un hombre ordenado y de provecho.
La casa en el lugar más visible de la plaza del pueblo queda muy bonita; la fachada sin pintar y llena de grietas, las ventanas enrejadas y tapadas con cartones y el tejado medio caído y cubierto por una lona azul de las que se usan en las obras, da un toque pintoresco a la zona y estéticamente muy  interesante. De hecho puedo asegurar que siempre que hay acto público en el pueblo y vienen personalidades, la casa de nuestro amigo y su solar lleno de chatarra, maderas viejas, muebles rotos y colchones agujereados, son lo más contemplado por los visitantes.
El padre de nuestro amigo, prefirió en su día gastar su dinero y su patrimonio así como el fruto de su trabajo con delincuentes y ludópatas a ocuparse de la atención de su familia y la educación de su hijo y pago por ello con su vida. Pero quienes más pagaron fueron su mujer y su hijo; durante toda su vida de miserias y desórdenes. El hijo, todavía hoy; en estos momentos precisos, sigue pagando el gran error de la mala elección de su padre.
La vida es altamente complicada pero, si analizamos sus aspectos básicos, veremos que transcurre por unos canales muy simples y que, además de ser muy breve, la interacción hace que unos paguen por los errores de otros. Así en España llevamos siglos pagando los errores del mal padre.
El mal padre que en vez de administrar correctamente los bienes y sembrar para el futuro, entrega las semillas y las ganancias a delincuentes y ludópatas. El mal padre de España desde que es nación hasta nuestros días son las clases dirigentes entregadas al lujo y la ostentación personal que se olvidan del futuro de sus hijos; los hijos del pueblo. Ese mal padre puede ser la Iglesia, la monarquía, o la clase política que está llegando al punto de entregar la finca de todos como pago de una deuda de juego.
¿Desproporcionado? ¿Qué es la especulación y la inversión sino la ludopatía extrema elevada a la categoría de una magnitud descomunal capaz de arrasar el bienestar familiar de países y continentes?
Mariano Rajoy es ese mal padre de la presente historia, que decide privar a los niños de España, nuestro protagonista, de una educación y de un bienestar social para salvar las deudas de juego de esos gánsteres que son los ludópatas inversores, banqueros y especuladores de los que acabará siendo víctima y si no, al tiempo.
Pero, ¿Y la izquierda? ¿Dónde está la izquierda en este cuento? La izquierda se supone que es la que debe defender los derechos de ese hijo abandonado y esforzarse para que tenga lo necesario para vivir dignamente y labrarse un futuro. La izquierda es la madre.
Pero la madre vive en el eterno dilema de romper con el mal padre y entregarse a la lucha por su hijo o dejar pasar el tiempo y seguir en esa casa en la que vive olvidada pero, al fin y al cabo, bajo un techo.
La izquierda está inmersa en ela enorme duda de seguir casada con el sistema que sustenta al mal padre ludópata o divorciarse para ser fiel a sus principios y fundamentos morales y vitales. Pero tiene que darse prisa en resolver la duda, porque el tiempo pasa y puede que cuando decida actuar ya sea demasiado tarde y los daños sean irreparables o, tal vez ya no quede ni sombra de la izquierda.

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