jueves, 29 de noviembre de 2012

La guerra y la paz en la revolución




Hay muchas opiniones al respecto de cómo deben ser las revoluciones. Por un lado están los que, viéndose a sí mismos revolucionarios, pretenden establecer una alternativa al sistema capitalista a través de los valores nacionales y patrióticos, en una copia más o menos actualizada de la Alemania de Hitler. Son los movimientos de extrema derecha, de corte nacionalista, que últimamente proliferan por el mundo, aumentando sus adeptos a una velocidad mucho más rápida y cuantiosa de lo lógicamente saludable.

Luego están los pacifistas de tendencias libertarias de izquierdas (hay libertarios de derechas) y demás movimientos de tendencia progresista que en una especie de integrismo de la paz, rechazan cualquier tipo de violencia y hacen una apología del pacifismo que a veces raya en la inocencia y en el desconocimiento tanto de las circunstancias que rodean el contexto social o  histórico, como del revolucionario.
Ni en Roma ni en Cartago, sino en un punto intermedio en base a la lógica impuesta por las circunstancias sociales, históricas, económicas y políticas.
Para empezar hay que aclarar que la expresión, “la revolución”, engloba una serie de significados mucho más amplios de lo que en un principio suponemos, ya que existen y se han dado a lo largo de la Historia, revoluciones de diversa tendencia. Revoluciones emancipadoras como las que se dieron en Rusia y países bajo la influencia del Imperio de los Zares o en China, que podemos considerar como base de las revoluciones obreras que se produjeron durante el siglo pasado ya que su patrón fue el más aplicado y, a pesar de ser dos revoluciones obreras, se aprecian sensibles diferencias entre ambas y en sus diferentes fases de desarrollo y consolidación. Revoluciones nacionalistas de carácter socialista, como la que lleva cabo el partido nazi de Alemania tras ganar las elecciones y destruir el antiguo parlamento con un incendio del que culparon a judíos y comunistas para desarrollar después el odio que profesaban hacia ambos. Revoluciones nacionalistas de tendencia pacifista y religiosa como la de Gandhi en la India, cuyo triunfo se debió principalmente al desarrollo de la Segunda Guerra Mundial y al enorme desgaste que el Imperio Británico tuvo que hacer en dicha guerra (que les llevó a tomar la decisión de no embarcarse en una nueva guerra colonial) y no tanto a las acciones pacifistas de Gandhi. Revoluciones nacionalistas de carácter emancipador y a la vez religioso como la de Irán. Revoluciones burguesas y capitalistas como la francesa o las naranjas que se produjeron o se pretendieron en la Europa del Este a finales del siglo pasado y principios del actual, que no eran más que un intento de occidente para poner los gobiernos de aquellos países a gobernantes afines a sus intereses. Revoluciones capitalistas religiosas como las que se implementaron o se intentaron implementar en el mundo árabe-musulmán hace un par de años y que tenían los mismos objetivos que las naranjas de la Europa del Este.
Como se puede ver el abanico de “la revolución” es extenso y variado teniendo en cuenta que, aparte de las aquí mencionadas se han producido miles de revoluciones e intentos a lo largo de la Historia de tendencia tan compleja o más que las expuestas. Pero haciendo un enorme esfuerzo de síntesis podemos agrupar a “la revolución” en dos grandes grupos: Las emancipatorias, o las que realizan las clases sociales desfavorecidas para liberarse de la presión de las clases acomodadas (grupo que comprende la revolución soviética, china, iraní o bolivariana) y las de consolidación de las clases privilegiadas como las revoluciones naranjas, la primavera árabe o la propia Revolución Francesa que, aunque en aquel tiempo la burguesía no tiene el poder político, sí tiene el económico y la revolución no es más que una forma de acceder a todos los niveles de poder que cree que le pertenecen por su importancia social.
Pero en sí, revolución no es más que un cambio acelerado de la sociedad; una transformación a la que los beneficiados por el orden que se pretende cambiar se oponen y que los perjudicados favorecen. Cae por su propio peso el pensar que los que gozan de una posición de privilegio, la defenderán con todos los recursos a su alcance e intentarán eliminar aquello que la pone en peligro.
Sin embargo, está muy claro que cuando la revolución es emancipatoria, las clases sociales altas no dudan en eliminar y masacrar a las inferiores rebeladas, como hemos visto en Chile o en España, pero no está tan claro que cuando es la burguesía la que se rebela contra el estado obrero, éste haga lo mismo. Lo vimos en la Unión Soviética, donde el poder soviético prefirió rendirse a unos oligarcas burgueses, con la clara intención de vender el país a intereses extranjeros, a causar una masacre en su propio pueblo.
Si alguien me viene a decir ahora que si Libia o Siria, le digo que se ahorre el trabajo pues en estos países no hay ni había regímenes enteramente populares ni la rebelión era causada por el pueblo, sino por una intervención externa.
Revolución es cambio acelerado y transformación social que no siempre conlleva la rebelión social y la revuelta y sí la toma del poder por parte del grupo o sector social revolucionario, que puede hacerse de una forma pacífica como en el caso de Alemania donde la violencia se generó a partir de esa toma de poder pacífica o partiendo de un acto de violencia como en Venezuela que generó en una toma de poder pacífica por parte del sector revolucionario.
Como los líderes revolucionarios obreros del Siglo XX nos repitieron una u otra vez, las revoluciones liberadoras no deben calcarse las unas de las otras, sino que cada una de ellas se produce en cada país adaptándose a las circunstancias sociales y políticas de los pueblos que las protagonizan. Por tanto, una revolución en España es impensable que se produzca hoy por hoy en la forma de una rebelión o revuelta social generalizada porque, a pesar de que grandes sectores sociales viven en una situación extrema, los que dependen de la miga (pensionistas, funcionarios del estado en sus diferentes sectores y niveles) que les lanza el gobierno representante del poder económico y los que todavía viven bien son aún mayoría y no participarían en las revueltas, que para triunfar, al menos, tendrían que tener el apoyo de un 50% de la sociedad.
Como hemos visto en pasadas manifestaciones, el apoyo a la protesta en la calle es muy minoritario y de tendencia anarquista o apolítica lo que hace que ni tan siquiera tenga la intención de acceder al  poder para realizar la transformación, sino protestar mediante el pataleo y la protesta para que los cambios que ellos pretenden los realicen los políticos de siempre.
Por si esto no fuera suficiente, el ejército español y las fuerzas de Seguridad del Estado se cuentas entre las más conservadoras y reaccionarias del planeta con unas ganas locas de mancharse las manos de sangre del pueblo para sofocar cualquier amenaza al orden establecido, intención manifiesta en un sinfín de ocasiones y para la que tendrían ayuda de ejércitos aliados extranjeros de países con intereses en España.
La rebelión en minoría es un verdadero suicidio y solo una persona irreflexiva e irresponsable lanzaría a personas a tal destino. No lo es la protesta que debe continuar para el desgaste del poder, pero con la inteligencia suficiente para no atraer hacia la causa el rechazo del ciudadano y para evitar la responsabilidad penal o legal de los participantes en dichas protestas.
En este sector “revolucionario” que hoy por hoy es minoría y que algunos trabajamos para que llegue a ser mayoría en un futuro, se ha instalado (supongo que por inyección contrarrevolucionaria) el rechazo a los partidos políticos y esto es el colmo de la contradicción, por no usar un calificativo más disonante, porque si hay una forma de acometer con  alguna garantía de éxito un proceso de transformación revolucionario en España que renueve el país y equilibre la distribución de riqueza, es mediante la toma del poder por parte de un partido, plataforma o coalición política.
No existe otra forma para acometer un proceso de reformas que transformen y renueven el país que mediante el riguroso respeto a la legalidad democrática establecida por los motivos mencionados antes, que ganando las elecciones con una mayoría aplastante y, respaldados por la legalidad democrática nacional e internacional, acometer un programa de reformas votado por el pueblo.
La organización que gane esas elecciones debe ser una organización fuerte y sin fisuras, porque hay que saber que un proceso de transformación que implique la perdida de la posición de los sectores sociales acomodados, sufrirá el constante sabotaje de estos, que intentarán hacerlo fracasar a toda costa como ya sucedió en la Segunda República Española, proyecto que cayó por la reacción de los sectores sociales privilegiados pero, sobre todo, porque el poder no estaba en manos de un partido fuerte, bien organizado y sin fisuras que diera la respuesta adecuada a la reacción, sino por una amalgama de tendencias tan variadas como dispares e incoherentes.
Sí, ya sabemos que en sectores libertarios y pacifistas hay cosas que suenan muy mal y que unos queremos esto y otros aquello. Pero hay que intentar reflexionar sobre si lo que queremos es o no compatible con lo que podemos y también, saber si estamos dispuestos a dejarnos matar de forma muy pacífica, cuando la reacción saque los tanques de los cuarteles para aplastar la voluntad del pueblo.

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