miércoles, 30 de enero de 2013

Desahucios, ¿Qué hemos hecho mal?




Un día escuché en  la radio de mi coche  a una escritora y periodista, después he averiguado que se llama Cristina Fallaras, que había recibido la notificación de desahucio y se preguntaba  qué había hecho mal. Buena pregunta de compleja respuesta, porque se han hecho mal muchas cosas y lo más grave es que seguimos haciéndolas.
Básicamente, podemos decir que lo que hemos hecho mal es poner nuestras vidas en manos de unos estafadores que nos llevaban a la estafa y no escuchar a quienes nos avisaban de que se trataba de eso: Una gigantesca, inhumana y brutal estafa.
Pero lo triste, es que si hoy nos tendieran la misma trampa, volveríamos a caer porque seguimos con los mismos miedos y debilidades de siempre. Porque situar en el poder a los peones de los estafadores y dejarnos manipular por sus pregoneros mediáticos, que descartan en nuestras mentes cualquier alternativa a la estafa, tildándola de “populista”, “totalitaria”, “antisistema”…  o cualquier otra etiqueta introducida previamente en nuestra consciencia como negativa; conlleva estos riesgos.
Así que, por extraño y deplorable que parezca, somos cómplices de nuestra propia desgracia a no saber ver que los que se nos han presentado como amigos, son en realidad nuestros enemigos y los timadores que han saqueado nuestro país y nuestras vidas.
¿Qué otra cosa hemos hecho mal? Principalmente, ser muy insolidarios. Querer vivir rodeados de todo lujo y confort (lo seguimos haciendo a pesar de la situación de crisis) mientras que a nuestro lado otros viven y vivían en la miseria. “Cada uno tiene lo que se merece y el que está mal es porque se lo busca”. Celebrar nuestros eventos a lo grande mientras otros al alcance de nuestros propios ojos no tienen ni para vestirse; Noche Buena y Noche Vieja de paz amor y alegría; calefacción a tope y cordero, turrón y cava con personas muriendo de frío por las esquinas.
Pero no. No digo que seamos culpables de la crisis que se no ha venido encima como una losa, sino que enumero a modo de autocrítica alguna de las cosa que hemos hecho mal. Porque, Cristina Fallaras hace bien en preguntarse qué ha hecho mal, ya que es desde ese punto reflexivo del que debe partir toda autocrítica y toda rectificación: Saber qué hemos hecho mal, reconocerlo e intentar no volver a caer en la misma trampa.
Los culpables del deterioro social y económico que vivimos no son los ciudadanos por querer vivir mejor ni por “vivir por encima de sus posibilidades” como dicen las mentes retrógradas de la derecha acomodada. Los culpables son otros que de la misma forma que han sembrado en el individuo la necesidad de consumo, ostentación y lujo podían haber sembrado la de compartir, ayudar y ser solidarios. Pero que no lo han hecho porque a sus intenciones de negocio avaro e insaciable no le interesan estos valores sino los diametralmente opuestos.
A los usureros y estafadores (verdaderos causantes de la situación actual), lo que le interesa no es que tu ayudes a tu vecino, sino que le odies y te mates por tener mejor casa que él y que compitas con tu hermano por tener una boda más lujosa porque esto implica consumo y el consumo es negocio. Por eso han fomentado en el individuo la necesidad de ser “Antonios Recios” rodeados de una rehala de idiotas consumistas, en vez de fomentar la inteligencia o los valores positivos.

Los culpables son siempre los que tienen el poder (que no son los que votamos, sino otros que se esconden tras  los meros títeres bien pagados que son ellos) y los medios necesarios para forjar la personalidad del ciudadano. Pero, para desactivar esto, tienes que estar dispuesto a aceptar que desde Espinete a Bob Esponja están diseñados para introducir en tu mente una serie de hábitos y necesidades que a ellos les serán de utilidad. Si piensas que esto son alucinaciones de un visionario, es mejor que dejes de leer y te pongas a ver una serie de televisión para que te sigan moldeando el cerebro, porque todo lo que yo escriba o leas será en vano y lo verás como visiones de un lunático.
¿Qué hecho mal? Se preguntaba aquel día aquella persona viendo la espada de Damocles descender hacia su cabeza. ¿Qué hemos hecho mal? O ¿Qué hacemos mal? Deberíamos preguntarnos todos y la respuesta sería, casi todo; muy mal para nosotros y muy bien para los que nos explotan a como ganado y han diseñado la red en la que nosotros irremisiblemente caemos como el banco de sardinas cuya única salida es el pico de una gaviota hambrienta que sobrevuela el copo.
Porque hemos aceptado todos sus paradigmas adoctrinantes sin cuestionarnos lo más mínimo. Espinete nos enseñó a ser dóciles y obedientes, los Lunis  constantes en el servicio al superior y Bob Esponja nos dice que el destino del obrero es ser explotado. Paradigmas aleccionadores y subliminales que se encriptan en nuestras mentes. Las películas americanas nos muestran que hay un imperio formado por seres superiores al que debemos pleitesía y nos convence de las bondades de los sistemas jerárquicos. Los culebrones de amores y desamores nos enseñan que solo los de las altas alcurnias tienen derecho a ser felices y las series nos dicen cómo debemos actuar para ser perfectos.
Perfectamente consumidores al servicio de una maquinaria de lucro oxidada pero muy rentable que se llama capitalismo y que está controlada por unas minorías selectas que a la menos dificultad nos dejan tirados o nos mandan al matadero.
Nos aleccionan para ser sus esclavos desde la más tierna infancia y nos mentalizan que nada podemos contra ellos. Nos introducen en el alma consciente e inconsciente que resignarnos y sufrir el “destino” de sus antojos es el único camino. Nacimos esclavos y por tanto, les pertenecemos; son dueños de nuestras vidas y de nuestras almas. Nuestra única posibilidad es representar fielmente el papel que describe el guión que ellos han dictado. No podemos escapar, eso es cosa de insociables marginados”; no podemos protestar, “es de inconformistas peligrosos”; no podemos rebelarnos, “es cosa de terroristas extremistas” ni podemos luchar porque eso es de “violentos antisistema”. Son las etiquetas con las que el sistema esclavista y dictatorial descalifica a todos aquellos que, por alguna y extraña razón, permanecen impermeables a su manipulación y consiguen mantenerse al margen para pensar por ellos mismos.
¿Qué no hicimos bien? Tal vez nada. Pero, más vale que vayamos viendo la forma de superar la indefensión implantada y empecemos a ser radicales, extremistas, inconformistas o antisistema, si no queremos vivir el resto de nuestra vida en un campo vallado comiendo hierba y produciendo leche y lana.
Viajo continuamente por toda España. Mi loca cabeza me hace querer imitar a las aves de presa mecidas por el viento o al espíritu del aire inquieto. Pero, en cada lugar y en cada pueblo, veo que en este país, cada vez trabaja menos gente; ya casi no quedan más que guardias y desocupados. Hay que reaccionar antes de que se conviertan en carceleros y presos en campos de trabajos forzados.







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