martes, 23 de abril de 2013

Izquierda Unida y los revolucionarios de salón


La socialdemocracia, que hasta la Segunda Guerra Mundial se había mantenido más o menos fiel a sus principios marxistas y de clase, finalizado el conflicto, inició un proceso de reestructuración o descomposición, según se mire, en el que paulatinamente va renunciando a sus fundamentos marxistas al tiempo que va adquiriendo poder aplicando formas keynesianas y capitalistas y se va convirtiendo en pieza de recambio en el aparato de poder occidental cuyas piezas originales son las ideas liberales para lo económico y conservadoras en lo moral y político.
Politicastros y burócratas y algún agente de la CIA como Santiago Carrillo, acomodados en los partidos comunistas de la Europa Occidental, al ver el éxito de sus “vecinos” de la socialdemocracia, decidieron imitarles para ser del agrado de los Estados Unidos que se encontraban por aquellos tiempos en plena caza de brujas, desatada por el falsificador y alcoholico senador, Joseph McCarthy. Fue a mediados de los años 70 del siglo XX, cuando la socialdemocracia ya había logrado acceder al gobierno de varios países y en algunos casos cosechando logros ciertamente positivos como Tommy Douglas en Canadá u Olof Palme en Suecia, cuando los tres tristemente célebres traidores al comunismo, Santiago Carrillo, Georges Marchais y Enrico Berlinguer, decidieron imitar a la socialdemocracia y desvincularse de la Internacional Comunista para crear una especie de “comunismo democrático” no revolucionario que accediera al poder ganando unas elecciones según las reglas de la democracia burguesa.
En esta operación consumada con la oficialización del “eurocomunismo” en una reunión a tres bandas celebrada en Madrid en la que participaron los tres traidores, y que en realidad supone un desmarque del comunismo de los países de la Europa Occidental de los partidos comunistas de la Europa del Este y una aproximación a la OTAN y a los sistemas de gobierno burgueses y la aceptación del capitalismo como sistema económico y financiero. Es la renuncia en toda regla de los partidos comunistas a su esencia revolucionaria y transformadora.
Las consecuencias de tan desatinada gestión no se hizo esperar y fue que en los años siguientes a la nefasta reunión, los tres partidos comunistas más importantes del continente, desaparecieron y se diluyeron en la democracia burguesa como un terrón de azúcar en una taza de café caliente. Tal vez era este el objetivo perseguido y no confeso de los tres tristemente célebres traidores.
A los partidos socialistas (socialdemocracia marxista en sus orígenes) no les fue mejor, pues, si bien los burócratas infiltrados en sus filas (que llegaron a ser mayoría dominante) lograron sus objetivos de acceder a las instituciones con el fin principal de saquear el estado y el pueblo para enriquecerse, dicho acceso se hizo a costa de renunciar a todos sus principios ideológicos y de marginar a las corrientes marxistas que eran los depositarios de la verdadera esencia del partido. Corrientes reformistas, por otro lado, pero cuyas reformas iban orientadas a la redistribución justa de la riqueza y la equiparación de las clases sociales.
Tras sobrevivir a personajes tan nefastos como Felipe González o Willy Brandt, en la actualidad nos encontramos con unos partidos socialistas que conservan sus símbolos (no en todos los casos) y siglas clásicos, pero inmersos en las teorías neoliberales de Friedman o las de capitalismo de hospicio, keynesianas y neokeynesianas. No queda nada en ellos de socialismo y el marxismo es representado en esos partidos por una minoría al ala izquierda de cada uno de ellos tan marginada como con tan poco poder de decisión en los mismos.
El PCE, Partido Comunista de España, an los años 80, consiguió sacar de sus filas al somatén destructor que fue Santiago Carrillo y gracias a ello conservó parte de su estructura de partido y la mantuvo hasta nuestros días, sirviendo a la vez de base para una coalición que pretende aglutinar a los sectores contestatarios reformistas y críticos con el actual sistema político y la monarquía. Su base es marxista y aunque no rechazan el capitalismo y se basan en las teorías económicas neokeynesianas, dentro del triste panorama político al que nos ha traído el neoliberalismo, podemos decir que es la opción menos mala, para la clase trabajadora, de las que se encuentran en el arco político con posibilidades de gobierno o de hacer cierta oposición a la barbaridad beoda que nos aplasta.
Por tanto, aunque estamos del todo convencidos de que IU no es el paso definitivo hacia la emancipación de las clases desfavorecidas y que éste solo puede venir de mano de unas políticas socialistas, no entendemos que Izquierda Unida sea la fuerza hostil a la clase trabajadora que tenemos que combatir, sino que lo son aquellos que abiertamente trabajan en pro de los grandes intereses internacionales y que son todos los partidos mayoritarios y la recua de partidillos y coaliciones diminutas, regionalistas y feudalistas, diseminados por toda la geografía española, que por convicción o por obstrucción sirven a los mismos intereses que los partidos mayoritarios, con la excepción de la izquierda abertzale.
No es Izquierda Unida la mejor defensa para la clase trabajadora, de acuerdo, pero es la única que tiene por el momento y en tal situación es fácil de entender que los trabajadores y concretamente los revolucionarios que luchamos por su liberación, no debemos atacarla, sino apoyarla en los casos que merezca ser apoyada y emplear la crítica constructiva cuando uno o parte de sus miembros vayan en dirección que entendamos errónea. Sencillamente, porque si atacamos ahora a Izquierda Unida, nos estamos atacando a nosotros.
La verdadera defensa de la clase trabajadora y su emancipación solo puede venir por la acción de un partido obrero de vanguardia de lucha que se planteen y se proponga la eliminación del estado burgués capitalista y de la burguesía como forma ideal de vida. Pero en España, no existe aún ese partido y los intentos que hay no tienen el apoyo social necesario para encarar una defensa de los intereses de la clase trabajadora con garantías de éxito.
¿Qué debemos hacer los revolucionarios, pues? Muy simple, trabajar para que los intentos de formación de esos partidos obreros prosperen, difundir la idea del socialismo como única forma de superar el sistema capitalista sin entrar en las provocaciones de fascistas, libertarios y otros “revolucionarios” de salón defensores del capitalismo y la “libertad”; y no atacar a Izquierda Unida sino defenderla, siempre que proceda, de los ataques de los mencionados contrarrevolucionarios al servicio del capital y la “libertad”.
Fotalecer los partidos obreros y su organización y apoyar en lo que sea posible a los progresistas opositores al actual estatus. Esa es la síntesis.
¿Por qué cuando los partidos obreros aceptan el capitalismo y el juego democrático burgués se diluyen y desaparecen? Básicamente porque se impregnan de las formas burguesas y se corrompen hasta renunciar a su ideología y a representar a los suyos, para servir a los mismos intereses que los partidos burgueses pero, como no quiero aburrir, el desarrollo de este tema queda para otra ocasión junto con la naturaleza y procedencia de los continuos ataques a Izquierda Unida. Por el momento, solo insistir en que la liberación de los oprimidos solo puede venir si no nos dejamos seducir por las formas de vida burguesas y en la medida en que seamos capaces de construir organizaciones de vanguardia obrera fuertes dispuestas a encarar la difícil tarea de la construcción del socialismo. Si tenemos claro quienes somos, de dónde venimos y hacia donde vamos, podemos apoyar a la socialdemocracia, marxista o no, en determinados momentos e incluso a cualquier otro experimento izquierdista, siempre que no sea perjudicial para los intereses de la clase trabajadora. Si se equivocan, serán ellos los que paguen las consecuencias y no nosotros, si hemos realizado correctamente nuestro trabajo organizativo, que no es otro que estar preparados para el momento en que el pueblo y el proletariado vean clara la necesidad de iniciar la transformación revolucionaria de la sociedad hacia el socialismo.

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