lunes, 1 de diciembre de 2014

Cuando la noche se funde en cobre

Las sales y las arenas del Danakil quedaron colgadas de las palmeras en El Cairo. 
Cambié la luna que se miraba en el río, por el oleaje persa y cobrizo de tu vientre; la miel del romero ancestral del norte por el salitre de bronces destilados orientales. 

Quiero olvidar la torre desde la que vigilan los sueños, para entregarme al dulce néctar de tu respiración jadeante que brama y derrama turmalinas líquidas por mi vibrar en trémolo. 



Navegamos con los hijos de Osiris, apoyados en el bastón de albizia de Zoroastro. El azabache de tus ojos perfora mi silencio, y el ébano de tu piel impregna mis sentidos y se derrama por mi cuerpo. 
San Sarkis explota en un ruidoso ciclón de campanas y mil rayos de intenso sol me dicen que llega la hora que rompe los secretos . 
Al cerrar la puerta, me llevo la imagen de las sábanas de lino, que envuelven y moldean tu cuerpo, en un rincón amable del recuerdo.


Me dirijo a la medina y, al pasar junto a las obras del mercado nuevo, una grúa me recuerda que la vida se acaba, a veces, en un inesperado momento. ¿Qué más da? ¿Acaso es vivir, privado de los bosques corintios y de oleajes de bucles negros prohibidos? 
Una secretaria con café despierto. "El señor me ha telefoneado para decir que ha sufrido un leve retraso y le ruega disculpas y que tenga la amabilidad de esperarle".
El retraso biene acompañado de una importante reducción de mis beneficios. Aún así, me interesa y firmo preguntándome cuándo vendrá Jesús a expulsar los mercaderes del templo. Vuelo sobre las nubes empapado de sensaciones con sabor a silencio. A las grúas y al mar de cobre en el que dibujé figuras caprichosas sobre un lienzo de ónice, no les digo adiós, tan solo "hasta luego".


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