RAMÍREZ




Ramírez, es un empleado de oficina que, con lo que gana, a duras penas le alcanza para llegar a fin de mes.
 Tiene 47 años y  su homosexualidad inconfesa le ha impedido formar  una pareja con  mujer, su sobrepeso, su calvicie y su seborreica han hecho imposible que ningún muchacho de los que a él le gustan le aguante más de la horita que le permite al mes su nimio sueldo de empleado en una empresa de recobro de Ciudad Lineal.
Hace tan solo unos años, con sus pocos ahorros y la generosa ayuda de sus padres, consiguió dar la entrada para un pisito en el barrio de Carabanchel, lo que le permitió independizarse y vivir solo con Geno, un perro de raza labrador dorado con el que comparte piso y que vive en la constante depresión que le produce la compañía de su amo y la duda entre sí sería mejor degollarlo de un mordisco o dejarse morir de inanición para perderlo de una vez de vista.
Se levanta sobre la ciudad una mañana plomiza, fría y húmeda, de esas en las que nos saludan cada mañana en la totalidad de los barrios de Madrid y durante gran parte del invierno. Una densa niebla grisácea de tonos  oscuros envuelve los edificios y a medida que avanza la mañana, va adquiriendo los tonos rojizos propios de la luz crepuscular emergente que se abre paso entre los mares de antenas de telefonía y TV. 
Ramírez se levanta de la cama y se dirige al baño, después de ducharse y asearse, limpia el vaho del cristal de la ventana y permanece un rato contemplando las heladas y nebulosas cornisas y las casi invisibles y escarchadas terrazas y tejados, luego se dirige a la cocina, llena el cuenco de pienso de Geno, cambia su agua, y desayuna un tazón de copos de maíz con leche y zumo después de calentarlo en el microondas para que se ablanden los cereales. Se viste lentamente y con sumo cuidado de no arrugarlo, se pone su traje gris oscuro, se calza, se peina, se perfuma y llama a Geno.
Geno, abreviatura de Genovés,  es su único amigo y tiene verdadero pánico a perderlo. Ha escuchado que hay unos perros asesinos que si se pelearan con él podrían matarle, por eso se hizo construir una especie de cajón con ruedas adaptado a la forma de Geno en el que encierra al perro para sacarle, es algo pintoresco, una caja arqueada formada por dos partes de madera fijadas a la plataforma de las ruedas con bisagras de tal forma que se abren como un libro, en ese estado, hace subir al perro sobre a plataforma y las sube hacia el centro abrochándolas con dos cerraduras que asegura con dos pequeños candados que cierran la caja uno en la parte posterior del cuello del animal y otro en la zona lumbar a varios centímetros de la cola . El perro entonces queda en su interior protegido por todas partes puesto que del cajón solo le asoman la cabeza y la cola. Sólo tiene el problema de que  no puede levantar la pata trasera para marcar territorio pero como su amo le saca frecuentemente para fingirse ciego y no esperar en la cola del cine o del restaurante, entonces aprovecha para desquitarse meando sobre el carrito de algún bebé o la pierna de alguna distraída transeúnte.
Una vez preparado todo este tinglado, Ramírez se enfunda su abrigo de paño  azul marino, como no, muy oscuro, toma su paraguas, por si acaso, se cuelga su portátil y después de cerrar la puerta sale a la calle agradeciendo a la modernidad la anulación de barreras arquitectónicas para minusválidos, gracias a ellas el cajón de su perro es mucho más manejable, y preguntándose por qué las personas que bajan con él en el ascensor le miran todos los días con tanta curiosidad. “La mañana está demasiado húmeda, mejor será abrir el paraguas”.  Piensa y ejecuta al mismo tiempo.
Empieza a buscar su coche por las aceras poniéndose de puntillas de vez en cuando y estirando su cuello para mirar por encima de los vehículos aparcados al mismo tiempo, es un utilitario de gama media y de marca común, que por cierto y debido a que en estas ciudades dormitorio, todas las calles parecen iguales, casi nunca se acuerda de donde lo aparcó la noche anterior y sufre cada día una verdadera odisea para encontrarlo: Él, como ya se conoce a sí mismo y conoce el problema, todos los días sale con tiempo de sobra, así mientras lo busca, aprovecha para dar una paseíto de veinte minutos a su perro y  al cajón para que ambos tomen el aire.
A  las siete de la mañana, nos encontramos por una calle del barrio de Carabanchel a nuestro rellenito amigo, con su traje, su abrigo y su paraguas abierto, pese a no llover,  paseando a un cajón rodante del que por la parte superior delantera asoma la cabeza de un perro labrador y por la posterior una cola que no para de moverse alegremente hacia uno y otro lado. La mayoría de la gente con la que se cruza va con prisa a su trabajo y no reparan en él, pero a muchos no deja de sorprenderles la estampa y lo reflejan en la cara de extrañeza que ponen al cruzársele.
2
Ramírez, camina por la acera con paso decidido y rápido, su paraguas abierto hace un suave ruido al cortar la brisa, acompañando al rastrear de las ruedas y el “tac tac” de los tacones, en una melodía a la que el perro pone voz con sus ladridos al pasar junto a una fuente en la que un indigente obeso lava sus partes intimas, ajeno por completo al pulso vital de la ciudad.
A medida que pasa el tiempo, su mirar entre los diferentes coche aparcados junto a las aceras se va tornando cada vez más nervioso. “¿Por qué tienen que ser todas las calles tan parecidas?” “Pero, ¿Dónde lo aparqué?” Se va preguntando mientras su angustia va en aumento y el ritmo de su caminar se va haciendo cada vez más acelerado. “¡Pero! ¿Dónde fue…?”
En esto ve venir de frente y con su amplia sonrisa característica, al Señor Locojo, concejal de urbanismo del distrito, que al aproximarse a Ramírez extiende su mano para saludarle con ademan sonriente y de aparente alegría al tiempo que exclama:
_” ¡Hombre, Señor Ramírez! ¿Qué tal? Encantado de saludarle”.
Ramírez, se cambia de mano el paraguas y tímidamente tiende su mano hacia la del Señor Locojo, intentando disimular su nerviosismo al tiempo que contesta:
_” Muy bien, Señor Locojo, ¿Y usted…?
En esto se cruzan con un elegante señor ataviado con caras y sofisticadas prendas y un maletín encadenado a su muñeca izquierda al que dan escolta dos guardaespaldas negros, uno de ellos es manco y el otro lleva con una pierna escayolada y camina ayudándose con muletas que  usa de vez en cuando para apartar a los transeúntes del camino del escoltado.
_” ¡Fantástico, Señor Ramírez! Hay que reconocer que el distrito ha mejorado sensiblemente en estos últimos meses. ¿No cree?
_” Perdón  –dice tímidamente Ramírez-, verá usted, es que estoy buscando mi coche y no recuerdo donde lo dejé anoche, la verdad  es que tengo un poco de prisa”.
_” ¡Por favor, Señor Ramírez! Estamos para servir al ciudadano, no se preocupe. Yo le acompaño en su búsqueda y al mismo tiempo le voy contando los planes que la nueva junta tiene para el barrio. Deme yo le sostengo el paraguas”.
Locojo se sitúa junto a Ramírez y sosteniéndole el paraguas para protegerle de una lluvia que no cae y de un sol que aun no ha salido, inician su caminar por la amplia acera desde la que los empleados de la empresa municipal de higiene pública, limpian los cristales de las paradas de los autobuses sentados en sus sillas de ruedas. Ramírez más que nervioso se siente desesperadamente angustiado, pero el temor a dar un desplante al concejal le hacen permanecer callado escuchando la perorata que le está espetando el politiquito. Al tiempo que avanzan, Ramírez estira su cuello y levanta levemente los talones, cada vez que cree ver su coche entre los otros aparcados. Cuando pasan junto a un banco donde unos jóvenes continúan con la fiesta de la noche anterior, estos les insultan a gritos entre aspavientos y enormes carcajadas, al lado, una señora anciana con las piernas amputadas a la altura de la rodilla saca brillo a una escalera arrastrando su cuerpo y los útiles de limpieza por el suelo como buenamente puede.
_” Pues, verá usted –prosigue Locojo-, como le iba diciendo, esta junta ha luchado y luchará con uñas y dientes para mejorar la vida de los ciudadanos de este distrito. Como usted bien sabe, hicimos le pabellón polideportivo que fue convenientemente adjudicado a una empresa muy próxima y afín a los intereses de nuestras familias, hemos puesto zonas azules para recaudar fondos con los que podremos pagar a todos aquellos empleados innecesarios que nos recomendaron los familiares de los que nos han dado generosamente su voto, hemos empleado de recaudadores de la hora a todos aquellos que nos han recomendado nuestros allegados, hemos…………..  Bla bla bla, bla bla bla, bla bla bla.
En esto, Ramírez que no puede aguantar más, se para en seco y mirando fijamente a los ojos del concejal de dice:
_” Mire, Señor Locojo, yo le agradezco mucho todo el discurso que usted me está dando tan amablemente, pero mi situación es, que si dentro de cinco minutos no encuentro mi coche, llegaré tarde a mi trabajo y seré despedido. ¿Me dará usted trabajo en el ayuntamiento cuando esto suceda?
Al escuchar esto, el politiquillo pone cara de condolencias y mirando el reloj explica:
_” ¡Ah no! Esto es muy complicado, Señor Ramírez, cuanto lo siento, de verdad. Pero es que el presupuesto municipal para la zona es muy ajustado y no está previsto realizar más contrataciones.  Pero, dicho esto, no me cabe la menor duda de que si continúa usted buscando con la honradez y el tesón que le caracteriza, encontrará su coche mucho antes de lo que piensa. Bueno, le tengo que dejar, lamentando mucho no poder serle de gran ayuda, pero no se preocupe, hombre, que siempre hay solución para todo.  Y, sobre lo otro, en este momento es imposible, pero si continúa usted votándonos… ¿Quién sabe? Hala, que tenga un buen día. Hasta luego.
Y dándole a Ramírez y a su cara de atónito escepticismo, una palmadita en la espalda inicia su retirada en dirección contraria a la anterior, llevándose el paraguas.
_” Adiós.  Que usted lo pase bien.
Se despide Ramírez y Geno acompaña su despedida con un par de ladridos que reflejan el estupor de su amo.

3
Ramírez almuerza en la cafetería.
Se queda quieto en la acera, agarrando el cajón rodante contenedor de su perro con la mano izquierda, la derecha en la frente masajeando sus sienes con los dedos pulgar y medio, comienzan a caer unas finas gotas de llovizna, entonces se da cuenta que Locojo se ha llevado su paraguas pero éste ya ha desaparecido entre la gente.
En ese momento,  un escalofrío le recorre la espalda, se siente débil, mareado, mal, se encuentra muy mal. Ve que un poco más adelante hay una cafetería, ya es la hora de entrar a trabajar. Que sea lo que Dios quiera, se dice mientas se encamina hacia ella con paso vacilante y lento.
Al llegar a la puerta de cristal,  ésta se abre automáticamente hacia ambos lados dejando ver un ancho pasillo a modo de hall de entrada que expone a ambos lados prensa y diferentes artículos para la venta. Sobre el centro del pasillo hay una enorme lámpara de araña que pende del techo, está formara por múltiples bombillas y miles de diminutos cristales relucientes cortados tipo diamante, varios titíes amaestrados se balancean colgados de los brazos de la lámpara y limpian los innumerables cristales con paños que llevan en sus pequeñas manos.
Al llegar a la puerta que conduce al salón de la cafetería, se detiene porque en ese momento salen tres policías de la autonómica que van haciendo escandalosos movimientos y soltando sonoras carcajadas, se queda quieto para dejarles paso, uno de ellos, al pasar junto a él, le mira con sonrisa despectiva de arriba abajo y se tropieza con el cajón de Geno que emite un ladrido, la risa del policía se torna en gesto amenazante y ladra también: “¡Me cago en el perro de su puta madre! ¡Menudo mamarracho! Te doy una hostia… ¡Cabrón!” “Perdone, agente –se disculpa Ramírez-. El policía le sigue mirando con el mismo aire pero esta vez enfadado le responde: “Perdone, agente… ¡Perdone, agente! Porque me pillas de buen humor, que si no te ibas a enterar, ¡Hala, vete!” Los policías se marchan emitiendo grandes risotadas y Ramírez tiene que apoyarse en una de las mamparas de cristal porque el escalofrío y el mareo se hacen más intensos y siente que está a punto de perder el conocimiento.
Una camarera pasa junto a él y le pregunta: “¿Se encuentra bien, señor?” “Sí, sí, por supuesto –le contesta-. Estaba buscando una mesa en la que sentarme para almorzar”. “No se preocupe, que yo se la busco en seguida, pero el perro no puede pasar”. Le informa. “Verá, es que a mí no me gusta separarme de él, ya ve que me lo llevo hasta mi trabajo”. “Ay, no –la camarera-. Está terminantemente prohibido que los perros entren al salón, tenga en cuenta que este local es frecuentado por personas de mucho nivel. ¿Qué dirían si vieran que dejábamos entrar los perros? No, no”. “Pues no debería sorprenderles -contesta Ramírez tímidamente-, ya que entre ellos debe de haber varios”. “¿Cómo dice, señor? Responde la camarera con aire de amenaza y sorpresa a la vez. “No, nada –replica Ramírez-. Entonces, ¿Dónde puedo dejar el perro?”. “Lo puede dejar aquí, no pasa nada, con lo grande que es y lo protegido que va…”.
Ramírez, accede a dejar el perro y sigue a la camarera volviendo frecuentemente la vista para comprobar que Geno se encuentra bien, éste observa fijamente como su amo se aleja entre la gente moviendo alegremente su cola.
Pide unas tortitas con nata al caramelo de naranja, café con leche y zumo tropical, cuando se lo traen, permanece mirándolo unos quince minutos, absorto, abstraído en su pensamiento, como ido a un lugar lejano y mental, el zumo se sale de la copa y se cristaliza sobre las tortitas. De pronto nota la ausencia de su perro y mira el reloj, se levanta de la silla como un resorte y se dirige al lugar donde le dejó, cuando llega a él se encuentra que Geno no está allí y el pánico se apodera de él, mira hacia todos lados buscando a su perro como loco, cuando ve que no está, empieza una carrera en dirección a la puerta pero se frena en seco al notar que alguien le agarra por el brazo, es la camarera. “Disculpe, Señor, ¿Se marchaba sin pagar?” “No, no, que va, es que mi perro no está donde lo dejé y salía a buscarlo” “Ya, ya. -La camarera- Ese truco ya me lo sé”. Ramírez se deshace de un tirón de la mano de la camarera y corre hacia la puerta, pero un vigilante se le pone delante y le corta la salida. “Antes de marcharse, Señor –le informa el vigilante-, tiene que pagar la cuenta”. “¡Por favor! -Implora Ramírez- mi perro ha desaparecido, déjeme salir a buscarlo y en seguida vengo a pagar”. “No, Señor, tiene que pagar antes de marcharse”. Le contesta el vigilante mientras le sujeta firmemente de una de sus muñecas. “Espere a que la camarera traiga la cuenta, le paga usted y entonces podrá marcharse”.
Mientras esto sucede, los curiosos se van acercando y formando un círculo alrededor de Ramírez y el vigilante, todos murmuran en voz baja y miran a nuestro desgraciado personaje con ojos de sorpresa y extrañeza. “¡Oh, qué barbaridad, -dice uno- marcharse sin pagar!”. “Es que ya no hay decencia,  –dice otro- se está perdiendo todo, ¿Donde vamos a llegar? Con este ZP, la delincuencia campa a sus anchas”.
Viéndose acosado y siendo consciente de que los minutos que pasen pueden ser vitales para encontrar a Geno, Ramírez da un grito enorme y empuja al vigilante que cae sobre parte de los curiosos que forman el círculo y violentamente se abre paso en dirección a la puerta, entre la gente que atónita contempla la escena. Cuando está a punto de alcanzar la salida se encuentra con los tres policías anteriores que le cierran el paso.
“¿¡Qué está pasando aquí!?”. Grita fuertemente el que había tropezado con el cajón del perro.
4 Ramírez Detenido
La voz del policía es como un trueno que resuena por encima de todos los demás sonidos, se trata de un mastodonte humano de 1.96 cm. Cabeza  redonda y tez rojiza y con papada, ancho torso al que sus enormes hombros, de los que cuelgan dos gruesos brazos acabados en unas manos de gorila dotadas de enormes dedos, sirven de marco para un armario empotrado del que sobresale una barriga cervecera de  mucha mesa y poco gimnasio. Gorra de plato con visera a la que se superpone una doble fila de cuadrados alternos blancos y negros, lleva una chaqueta cazadora de color azul marino con varios parches de amarillo refractante; a sus caderas se fija un cinturón del que penden varios estuches, cartucheras y la funda que contiene el arma reglamentaria, lleva  pantalón ajustado de color azul marino y botas de campaña tipo militar negras.
Su grito es poderoso, como si en esos momentos se sintiera rey del universo, con los brazos en jarra sobre el cinturón y con sus enormes piernas abiertas como si  no fueran sostenidas por unos pies humanos sino que formaran parte, como gruesos pilares, de la estructura del universo.
“¿¡Qué está pasando aquí!?” Repite con voz más alta y estruendosa todavía y un tono amenazador con el que hace uso de  la autoridad que el poder en él delega.
Ramírez le contempla aterrado y siente el impulso de intentar escapar pero la necesidad de encontrar a su fiel amigo le motiva a lanzarse sobre el guardia en un acto de desesperación y aferrándose con fuerza a uno de sus brazos le suplica gritando:
“¡Por favor, agente, mi perro ha desaparecido, tiene que ayudarme a buscarlo!”
“¡Vaya, hombre! -Contesta el agente con tono despectivo y mirándole con cara de asco- Eres tú, si ya te calé en cuanto te vi, como sabía yo que tú hoy me traerías complicaciones. Vamos a ver, tú tranquilito, que ahora mismo lo buscamos”.
En ese momento irrumpe en escena el vigilante que se había repuesto de la caída por el empujón de Ramírez.
“De eso nada, agente, lo que pasa es que este señor es un jeta, se quería ir sin pagar y me ha agredido”
“¡Sí, sí! –Apoya la camarera-, Un sinvergüenza, y un descarado violento”
“Ajá.  -Exclama el policía- Así que lo del perrito era un paripé para largarse sin pagar. Si esto ya me lo imaginaba, si le vi cara de delincuente na más echarle el primer vistazo. ¿A usted también la ha agredido señora?”
“No, no. A mí no, pero ha estado a punto”. Responde la camarera a la vez que intenta fundir en su expresión la consternación y  el victimismo.
Ramírez se aferra con más fuerza a los brazos del agente y con los ojos desorbitados y autentico pánico le vuelve a suplicar:
“Por favor, agente, yo si quiero pagar, lo que pasa es que quiero salir a buscar a mi perro y ellos no me dejaban ¡Mi perro ha desaparecido, necesito encontrarlo, ayúdeme! Les prometo que luego vengo y les pago sin falta. Pero, por favor, ayúdenme a encontrarlo”
“Shssss, suéltame el brazo –chista el policía a la vez que se zafa de Ramírez de una sacudida-. A mí me la vas a dar tú. Si yo esta historia me la conozco. Tu lo que no quieres es pagar. A ver, la matrícula del perro”.
“¿Matrícula? Es un perro, los perros no tienen matrícula, no es un coche” Contesta Ramírez.
“Eso es lo que he dicho y no te hagas el listo, dame la matrícula del coche. ¿O es que me quieres vacilar?”
“No, agente, Dios me libre, pero la matrícula de mi coche yo no me la sé. Si quiere vamos a donde está mi coche, toma usted la matrícula y luego me ayudan a buscar al perro”.
“Ya, ya. A mí. ¿Dónde está tu coche, a ver? Dice es escéptico policía.
“Pues verá, agente, es que es un poco complicado. Anoche lo aparqué pero esta mañana lo he buscado por todas partes y no consigo recordar donde lo dejé, así que no lo encuentro”.
En todo este tiempo, el corro de curiosos ha aumentado hasta casi colapsar todo el hall de entrada y casi toda la acera y los comentarios de crítica y desaprobación van en aumento:
“¡Un jeta, eso es lo que es ese, ya le daba yo! Dice uno.
“Es increíble lo que pueden inventar estos estafadores por ahorrarse un almuerzo” Dice otro.
“Una vergüenza como está el país. ¡Es una auténtica vergüenza! Exclama otro.
“¡Bueno! Ahora resulta que no solo has perdido el perro sino que además has perdido el coche. ¿No te parecen demasiadas pérdidas para un solo día?” Inquiere el guardia a Ramírez”.
“Puede que sí, agente, pero es lo que me ha pasado”. Responde Ramírez.
El policía, ve que la situación entre los curiosos se va haciendo cada vez más tensa y piensa unos segundos a la vez que se rasca la nuca. Finalmente se dirige a Ramírez y en un tono algo conciliador le propone:
“Mire usted, a mí todo esto no me acaba de cuadrar, así que como de lo que se trata es de resolver este problema de la mejor forma posible, vamos a hacer una cosa: Lo primero es que usted pague la factura de su almuerzo a estos señores. ¿De acuerdo?”
“Si si, por supuesto –asiente Ramírez-. ¿Pero luego me ayudarán a encontrar mi perro?”
“Bueno, eso ya  lo veremos. De momento vamos por partes, lo primero es que pague usted la factura. Traiga la factura, -se dirige a la camarera-, por favor”.
La camarera trae la factura presurosamente obedeciendo al guardia y un nervioso y tembloroso Ramírez se la abona al instante pero antes de que nadie pueda decir nada el vigilante entra en la escena y de forma airada exclama dirigiéndose al guardia:
“Oiga oiga, este señor a mí me ha agredido y como usted comprenderá, esto no puede quedar así. Digo yo, vamos. ¿O es que ahora con ZP está permitido agredir a los vigilantes?”.
El policía mira unos segundos a Ramírez mientras piensa y  luego pregunta al policía:
“¿Quiere usted presentar la denuncia por agresión?”
“Sí, claro que presento denuncia, si no estos maleantes irán por el mundo creyendo que pueden hacer lo que les venga en gana” Afirma el vigilante.
“Perfecto caballero, está usted en su derecho”.
Dicho esto el policía se vuelve hacia Ramírez y mirándole desde su alta cumbre con una mirada que subraya la insignificancia del individuo le comunica:
“Mire usted, todo esto es muy raro y a mí me huele a cuerno quemado. El vigilante ha decidido presentar denuncia contra usted, así que vamos a proceder a su detención y que su señoría dictamine. Usted ha pagado la factura lo que prueba que en usted hay cierta buena voluntad y que tal vez sea cierto lo que cuenta pero, quiera que no, usted ha agredido a un vigilante y esto es un delito por el que queda usted detenido.
A la vez que comunica esto hace una señal a sus compañeros que proceden a la detención del diminuto Ramírez.
5 Ramírez en los calabozos
Los dos agentes se sitúan uno a cada lado de Ramírez y le agarran fuertemente por las extremidades superiores, asiéndole las manos por las muñecas y los brazos por encima de los  codos, en un movimiento coordinado y unísono, llevan sus manos hacia la parte posterior de la cintura para inmovilizarle poniéndole las esposas.
Siente las manos de los agentes como tenazas metálicas que anularan su fuerza y su voluntad, los grilletes como dos gélidas mordazas que se aferraran a sus manos privándolas de movimiento, helándolas y abrasándolas a la vez.
Los latidos de su corazón, potentes y a doscientas pulsaciones por segundo, retumban en sus sienes como poderosos timbales de un ejército mortífero y aplastante.
La  temperatura de su cuerpo se eleva hasta quemarle. Nota una fuerte presión en el tórax que le impide respirar, le falta el aire e intenta llenar sus pulmones aspirando con fuerza y resoplando, pero nada es suficiente.
Le viene un impulso de huir e intenta zafarse a la desesperada pero sus músculos no responden a los mandatos de su cerebro, es como si todo fuera enormemente pesado. El calor que antes sentía empieza a tornarse en frío intenso y congelante que va invadiendo todo su cuerpo. Las fuerzas le abandonan, todo su cuerpo se hace rígido, frágil  y quebradizo hasta sentir como si todo en él estuviera roto; como si no le perteneciera y no pudiera controlarlo. La realidad empieza a alejarse y una sombra negra y rojiza nubla su vista y la nada absoluta se apodera del momento.
Fugaces y centelleantes luces desfilan ante sus ojos trazando líneas vertiginosas que aparecen y desaparecen dejando resplandores deslumbrantes en su campo visual, un ruido de motor las acompaña para devolverle a la realidad del momento de la que se había marchado por un tiempo imprecisable, éste y el mecido traqueteo le hacen percatarse de que va en un vehículo, acostado de lado en el asiento trasero con la cabeza apoyada en la parte donde se juntan el respaldo y la base, intenta mover la cabeza pero nota que algo se lo impide, lo intenta con más fuerza y entonces se percata de los dos guardias que viajan con él, uno a cada lado, le sujetan fuertemente. “Quietecito, quietecito”, dice uno de ellos, Ramírez no recuerda nada. “¿Qué ha pasado?”, pregunta. “¿Por qué me llevan aquí de esta manera?”. “Tu tranquilito y sin moverte, que ahora en cuanto lleguemos te lo explican todo”. Escucha decir a una voz grave, irónica y autoritaria. De repente recuerda su perro, “¡Genooo! Grita con todas sus fuerzas y da un estirón violento y desesperado con la intención de escapar, nota un fuerte golpe en la cabeza y la sensación de que ésta va a estallarle, la nube negra y rojiza esta vez vuelve y de nuevo aterriza en los dominios de la nada.
La nueva realidad es la cara apoyada sobre una gélida baldosa en la que se ha formado un charco de saliva y sangre emanada de su boca y su nariz, abre los ojos lentamente y su vista recorre las líneas diagonales del suelo que se alejan y entrecruzan formando cuadrados y rombos en perspectiva. Intenta despegar la cabeza del suelo pero un dolor punzante en la zona cervical y una sensación de vértigo le obliga a permanecer inmóvil en la misma posición, tirado boca abajo sobre el suelo, perniabierto, con los brazos medio en cruz estirados hacia las piernas y las manos abiertas apoyados los dorsos sobre el frío suelo. Intenta mover un brazo para apoyarse y levantarse pero de nuevo un intenso dolor le hace desistir y permanece en esa posición durante un tiempo que él mismo nunca podría precisar. El frío húmedo va calando todos sus huesos, siente la necesidad de orinar pero sabe que si se mueve el dolor será insoportable, así que deja escapar el líquido libremente, sale caliente y al impregnar la zona femoral le sirve de alivio momentáneo. 
No puede ver los moratones que tiene por todo el cuerpo, por lo que no entiende la brutalidad de la que ha sido víctima y todo ha pasado como en un trance que no puede  recordar, permanece contemplando las líneas geométricas del suelo, las paredes impregnadas de pintadas soeces escritas con excrementos, un poyo de cemento que hay a su izquierda con una colchoneta de gomaespuma. Si llegara a él seguramente estaría más cómodo y algo más caliente, pero el dolor sería insoportable y, aunque siente que se congela y se entumece por momentos, no se atreve a realizar el esfuerzo. Sigue quieto, impasible e insensible, pensando que tal vez ese es el momento de punto y final en su vida.
Por el pasillo que debe haber al otro lado de la puerta metálica del inmundo calabozo, se escucha aproximarse el sonido de unas ruedas de carro domestico, las oye acercarse y pasar  junto a la puerta para alejarse lentamente. De repente salta como un resorte, ¡es el carro de Geno! Y se incorpora lanzando un grito ensordecedor provocado por el insoportable dolor que siente, el frío va dando paso a un calor soporífero, se lanza sobre la puerta y la golpea al tiempo que llama a Geno a gritos de desesperación desgarrada. Ve pasar por el pasillo transversal a un guardia que arrastra el cajón, ¡Geno va en él! Y esto le hace desesperar aún más e incrementar la frecuencia de sus golpes y sus gritos, ahora sollozantes. Grita, golpea y llora desesperadamente. Aparece un guardia en el pasillo, lo que le hace enmudecer súbitamente.
_ ¿Qué te pasa, maricón, te callas o te callo? Amenaza el guardia mirando hacia el pequeño cuadrado enrejado de la puerta.
_  ¡Por favor, señor guardia!   Suplica Ramírez, he visto pasar el cajón de mi perro. Dígame por favor si le han encontrado, por favor, dígame si le han encontrado a él y como está. Se lo suplico, por favor.
_ El mariquita está preocupado por su perrito. ¿Qué pasa, es que también te da por culo? Estate calladito que ya se te dirá lo que se te tenga que decir. ¿O quieres que venga con mis compañeros y traigamos la manta?
¡La manta! No sabe por qué, pero la simple mención de ésta provoca que la voz no salga de su garganta y le hace temblar de espanto. Se aleja del ventanuco sin pronunciar palabra, se da la vuelta y se deja caer en la colchoneta que estaba sobre el banco de cemento y la muerde para no gritar. Sus sollozos mordidos se mezclan con las putrefactas partículas de la gomaespuma.
_ Calladito estás más guapo. Sentencia el guardia mientras se aleja.
Grita una y otra vez el nombre de su perro, de forma inaudible, como si  quisiera comunicarse con él a través  de sus adentros, con una esperanza intrínseca de que sus gritos fuesen imperceptibles para el hombre y al contrario para Geno.
Empieza a sentir una plomiza pesadez que invade su cuerpo desplazando la dolorida y calurosa sensación que sentía antes, sus párpados se cierran y cae en un profundo y placentero sueño.


6 Ramírez ante el juez.
Imagina Que en tu casa, en uno de los armarios inferiores de tu cocina,  tienes un cubo contenedor, como casi todo el mundo, en el que viertes todos los desechos de tu vida cotidiana. Eso que llamamos normalmente el “cubo de la basura”. Usualmente, a cierta hora del día, todo el mundo saca los restos de sus comidas y demás actos cotidianos del cubo y los lleva en una bolsa a otro contenedor más grande del que alguien se encarga de retirarlos y hacer con ellos dios sabe qué.
Pero imagina que esos restos de tu vida, esos preservativos, los tubos de pasta de dientes, las compresas de tu mujer, los restos de las gambas y las peladuras de frutas, ¡Todo! Nunca fuera retirado de tu cocina o se retirara solo una pequeña parte. La justa y necesaria para abrir unos pasillos en tu casa llena de tetra briks vacíos y latas de cerveza con olor a marisco podrido  a través de los que accederías al lavabo, a la taza del wáter, a la bañera y a tu cama adornada por una colcha en la que descansa un caparazón de bogavante de tu última cena de noche vieja. El ambiente sería extraño, pero, sin duda, habría personas en el mundo capaces de vivir en esas condiciones. Porque en el mundo, hay de todo.
La puerta principal del despacho está cerrada, hay otra que comunica con la sala de trabajo en la que hay siete u ocho mesas separadas por filas de armarios metálicos compuestos por infinidad de cajones archivadores. Sobre las mesas hay ordenadores antiguos y obsoletos rodeados de montañas de carpetas de documentos que, a veces, descansan sobre las mesas y otras arrancan desde el suelo. Hay empleados que trabajan con los viejos ordenadores, otros buscan entre las montañas de papeles colocándolos y descolocándolos constantemente. Un señor afeminado de voz aguda y ronca va continuamente de un lado a otro de la sala gritando y dando órdenes a todo el mundo.
De repente un hombre de edad mediana y estatura media alta, delgado, trajeado y con abrigo, portando un maletín en su mano izquierda entra por la puerta principal, al llegar a la del despacho judicial, se detiene y busca con su mano derecha las llaves en los bolsillos de su abrigo y de sus otras prendas, al tiempo que hace esto mira hacia la sala de trabajo y da los buenos días. El “hombre” con voz de cuerva descompuesta frena en seco su afanoso trajín de gritos y aspavientos y contesta: “Buenos días, Señoría”. Su señoría encuentra por fin las llaves, abre la puerta de su despacho y entra en él.
Entonces el “hombre” de voz de picaraza se dirige como una bala al despacho entrando por la puerta de acceso de empleados y entra, cerrando la puerta tras de sí violentamente. Mira fijamente al juez que ya está sentado en su despacho con ojos lagrimosos y con voz compungida y chillona le reprocha: “¡Cómo has podido, Rafael! ¡Cómo has podido! Me he pasado toda la noche en vela esperándote, sin poder dormir, ¿Por qué no me has llamado?
El juez se incorpora de su asiento y se le acerca al tiempo que le mira sonriente y le contesta: ¡Venga, bomboncillo, no te lo tomes así! Ya sabes… la partida de siempre. Hemos estado desplumando al recomendado del fiscal general. ¡Menudo pardillo! En cuanto a lo de llamarte… Ya sabes que me divorcié de Celia porque no me gusta que me controlen ni dar imagen de eso ante mis amigos”. Al tiempo que le da estas explicaciones le sujeta por el hombro con su mano izquierda y con la otra le acaricia una de sus mejillas, luego posa esta manos sobre su otro hombro y la va dejando caer por el brazo hasta llegar a la mano secretarial que aprieta fuertemente durante unos segundos antes de posarla sobre una de sus nalgas en las que se entretiene un buen rato  masajeando y pellizcando mientras continúa diciendo: “Anda, vete a por un café y de paso te traes lo que haya para hoy, ya verás cómo esta noche te compenso los atrasos, ya sabes que la cera está siempre  en su punto para ti. Venga, no te enfades que no hay porqué”.
El complaciente y complacido amante le obedece y tras unos minutos aparece de nuevo por la puerta con varias carpetas sobre las que transporta una taza de humeante café y una botellita de agua mineral como a Su Señoría le gusta; sin gas y del tiempo.
“Rafa, - dice el servicial secretario mientras pone el café, las carpetas y el agua sobre la mesa- hoy tenemos a las doce el juicio del que mató a la mujer con la bombona, ese de Vicálvaro, y la policía de Carabanchel nos ha traído un caso muy raro. Un tío que se quería ir de un sitio sin pagar y agredió a un vigilante porque había perdido el perro”
El juez le mira con gesto serio y de desaprobación: “No me llames por mi nombre en el despacho, ¿Quién agredió al vigilante, el perro o el detenido?
“¡Oh, qué humor!” Contesta el secretario amante. ”No lo sé, supongo que si había perdido al perro será el detenido el que habrá agredido. Pero no sé, ahí están las diligencias”.
“Bien, ahora les echo un vistazo. De todas formas, si lo tienen en los calabozos, llama para que lo suban. Cuanto antes lo zanjemos mejor, eso que adelantamos” Ordena el juez.

El sueño, cuando es profundo reconforta, repara, elimina emociones negativas y reconstruye tejidos dañados por el maltrato. Pero el sueño de Ramírez es interrumpido por los insistentes golpes de un objeto metálico en la puerta del calabozo. Los oye como si martillos golpearan su cerebro. Cuando se detienen, una voz igualmente torturante les releva: “¡Venga! Arriba, que vamos al juez”.
Se levanta como un zombi y arrastrando sus pies por el suelo se acerca a los barrotes del ventanuco que hay en la puerta metálica con paso pesado y lento. El guardia, desde el otro lado le ordena: “Date la vuelta y pon las manos a la espalda y te quedas así, quietecito, no quiero ni el menor movimiento, ¿Está claro?”
Ramírez, obedece con un “si sí” y se da la vuelta colocando sus manos una encima de la otra en su espalda a la altura de la cintura. Oye cómo se abre la cerradura de la celda y vuelve a notar la mordedura de los grilletes en sus muñecas, los guardias casi le empujan fuera del calabozo y le sacan al pasillo con un “andando” y se sitúan uno a cada lado para conducirle por un largo pasillo lleno de puertas metálicas grises hasta la entrada de un ascensor. Suben a éste tras esperar unos minutos junto a sus puertas. Los agentes hablan de fútbol, es como si él no estuviera o fuera un simple paquete al que hay que llevar de un lugar al otro. Ramírez es en ese momento consciente de que está atravesando una frontera que separa dos mundos. Podría intentar rebelarse, hacer algo, pero entiende que no serviría de nada y, por otro lado, está demasiado cansado y destruido psicológicamente como para intentarlo. El recuerdo de Geno le reconforta, se concentra en el en la mirada tierna de sus ojos interrogantes y cariñosos. De esa forma, él también consigue alejarse de la cruel realidad por unos segundos, los necesarios para que el hermético ascensor alcance el piso del juzgado.
En la puerta del juzgado, de nuevo la espera, miradas indiscretas de curiosos que van de un lado a otro, los ojos de Geno, aunque esta vez con tristeza, vuelven a servir de refugio. De repente se abre la puerta y aparece el secretario de la voz de graja: “Buenos días, agentes, pásenlo por favor”. Ramírez es el objeto de todo pero sigue sin existir, es un ente invisible, está en el otro lado.
En el interior del juzgado el juez estudia las diligencias sentado en su mesa sin levantar la vista, el secretario anuncia al juez la acusación contra el detenido y el número de diligencias, entonces el juez levanta los ojos  de los documentos y los fija en un Ramírez amedrentado y escoltado por los dos guardias y le pregunta: “¿Es usted X Ramírez X?”. “Sí, Sí Señor”. Contesta el acusado. “Sí Señoría”. Corrige el juez elevando el tono de voz antes de proseguir. “Señor Ramírez, se le acusa a usted de haberse querido ir sin pagar de una cafetería el importe de un almuerzo, de agredir a un vigilante y de resistencia a la autoridad cuando ésta intentaba impedirle la huída, ¿Tiene algo que argumentar en su defensa?
“Sí, Señoría, -argumenta Ramírez- Yo no me iba sin pagar, lo que pasa es que iba a buscar a mi perro que lo había dejado en su cajón en el portal de la cafetería y había desaparecido, como vi que no estaba, salí a la acera a buscarlo y la camarera pensó que me iba sin pagar, pero yo solo buscaba a mi perro con el pensamiento de volver a pagar cuando lo hubiera encontrado. Entonces llegaron los guardias y la camarera y el encargado les llamaron y no me dejaban ir a buscar mi perro, en ese momento, sin querer e intentando salir a buscarlo yo empujé al vigilante. Yo no quería empujar a nadie, solo que me dejaran salir a por mi perro antes de que le pudiera pasar algo. Cómo tampoco me pensaba ir sin pagar, Señoría”.
Ante este relato el juez extrema la dureza de su semblante antes de interrogar: “¡Llevaba su perro en un cajón! Pero eso, ¡Es maltrato animal! Eso es otro delito”.
“No, señoría, -contesta un aturdido Ramírez- yo no maltrato a mi perro, le construí ese cajón porque en el barrio hay muchos perros sueltos que siempre que salgo con él, vienen a morderle y por eso mandé hacer ese cajón a medida. Yo nunca maltrataría un animal y menos a mi perro”.
Mientras habla, Ramírez está de pie y esposado con las manos a la espalda y los dos agentes permanecen uno a cada lado escoltándole con gesto serio e impasible, casi en posición de firmes, tras ellos hay una fila de asientos que no pueden usar debido a la prohibición de sentarse que pesa sobre los acusados.
El juez está sentado en su sillón tras su mesa y el secretario de voz de corneja está de pie a su izquierda y le va colocando las carpetas a su alcance para que a  Su Señoría le sea cómodo pellizcarle los muslos y el trasero sin que el acusado ni los guardias puedan percatarse de este hacer.
Tras pasar varios minutos en silencio y haber repasado las diligencias y el culo del secretario varias veces el juez cierra la carpeta de autos y se dirige al acusado:
“Seño, Ramírez: Aquí hay varias cosas evidentes; el encargado de una cafetería de prestigio y la camarera, ambos personas honradas, dicen que usted desayunó y que se marchó sin pagar la cuenta. Por otro lado, unos agentes de la autoridad, desde cualquier punto de vista respetables y creíbles, declaran que usted agredió a un vigilante  cuando trataban de impedir que usted se fugara del establecimiento sin pagar. Aparte de esto, usted en esta sala ha añadido un delito su cuenta al confesar que llevaba a su perro preso en un cajón por lo que he de añadir dicho delito a su causa, además, no sé cómo decirlo, pero me parece usted demasiado paranoico y un poco… mariquita. Creo que reúne usted todos los rasgos del perfil de un peligro público. Por consiguiente, he decidido emitir el siguiente dictamen: (En este momento el secretario grajo sale de estampida y se prepara en el teclado de su viejo ordenador para copiar el dictado del juez) En vista de que su comportamiento indica que es usted una persona inestable, homosexual y peligrosa, capaz de agredir a los agentes del orden y que muestra comportamientos delictivos frecuentes, como así lo indican los hechos que se juzgan; ordeno su ingreso en prisión preventiva hasta la vista de hechos punibles que se imputan. Pueden retirar al acusado”. Concluye dirigiéndose a los agentes.
De vuelta al ascensor que le llevará de regreso a los calabozos, los agentes retoman su conversación del partido del anterior domingo. Para uno de ellos, Ronaldo no está a la altura y si no fuera por Xavi, el Barça no se comía un colín, para el otro todo es culpa de los árbitros. Está claro que favorecen al Barça porque son unos antiespañoles y están a favor de los catalanes, de los maricones y de Zapatero.
Ramírez camina entre ambos totalmente ausente a su conversación y a su propio andar, está ido, incrédulo: “¡¡A la cárcel!! –Pensaba-  ¿Por qué? ¡Si solo quería encontrar mi perro!”.
Cuando retoma consciencia de la situación se encuentra de nuevo en el colchón de goma espuma del calabozo al que se aproxima un agente, este parece ser amable. Le acerca a través de la reja lo que parece ser un bocadillo y una botella pequeña de agua en envase plástico. “Tenga, coma usted algo y espere hasta que venga la cunda para trasladarle a Valdemoro. Todavía tardará un poco, hasta tiene tiempo de echar un sueño”.
Deja el bocadillo encima del mugriento colchón, no tiene hambre; ni siquiera lo abre, se bebe el contenido de la botella de un solo trago; tenía mucha sed. Se deja caer sobre el camastro y sin oponer resistencia caen en el sueño como un peso muerto lanzado a un pozo sin fondo.
En un tiempo flexible e infinito, nadie puede decir cuánto dura el sueño en cifras medibles. El de Ramírez, pudo durar mucho o ser solo un lapsus. El caso es que él sintió algo húmedo y esponjoso recorrer sus labios y su cara y eso le despertó, lo primero que escuchó fueron los acordes del “Hoy por hoy” y lo primero que vio fueron las manos y la lengua de Geno que a lametones y zarpazos trataban de despertarle. Al ver a su perro, solo pudo gritar al tiempo que se incorporaba para abrazarle fuertemente: “¡Genooo, estás aquí, que alegría!” Ambos giraron en una explosión de euforia un par de veces antes de que Ramírez se percatara de que no estaba en el sucio calabozo. Aquella era su cama, que estaba algo más limpia que la del calabozo, y aquella era su habitación; era su casa. Todo había sido una horrible pesadilla.
Ramírez y Geno, entre saltos gritos y ladridos llenos de júbilo,  recorrieron varias veces todas las habitaciones de la casa hasta que Geno, que quería salir, se detuvo al lado del cajón protector moviendo alegremente su cola de un lado al otro. “¿Qué pasa, Geno, quieres salir….? Jajajaja Bueno, hoy saldremos un buen rato, pero sin protectores, libremente” Gritó Ramírez al tiempo que abría la ventana de la cocina para lanzar el cajón por ella que cayó al patio interno haciendo un gran estruendo y haciéndose añicos contra el suelo. “¿¡Qué ha sido eso!?” Escuchaba Ramírez a varias voces en los pisos de abajo mientras cerraba rápidamente la ventana y su perro ladraba y daba saltos entre alegre y desconcertado. “Tranquilo, Geno. -le dijo mientras le besaba y le acariciaba por varias partes de la cara del animal- Hoy empezamos a ser libres.
“Ramíreeez, Señor Ramireeez” Sonaba una voz a grito en el patio. Abrió la ventana de su dormitorio para asomarse. “¿Qué pasa, Indalecia?” Preguntó Ramírez dirigiéndose a una señora mayor que era quien gritaba asomada a la ventana del piso tercero. “¡Se le ha caído el cajón del perro. Mira que si llega a haber alguien asomado o en el patio...!” “Lo siento, -contestó Ramírez- es que se mojó y lo puse en la ventana para que secara. No sé cómo se ha podido caer. Por suerte no ha pasado nada”. “Ya, pero hay que tener cuidao”. Fue lo que escuchó Ramírez antes de cerrar la ventana dejando a Indalecia, la vecina cotilla del tercero, con la palabra en la boca. “Vaya usted a freír espárragos”. Pensó.
Sacó del zapatero sus zapatillas de deporte, unas de marca que nunca usaba y que guardaba como oro en paño, y del armario unos pantalones chinos, el jersey de lana y su cazadora de cuero. “Geno, ahora vamos a desayunar y luego nos vamos a pasar el día al campo, ¿Eh, Geno? Tú y yo, todo el día de juerga, en el campo. ¿Qué te parece? Lo vamos a pasar de miedo”.
Entonces se dio cuenta de que tenía que ir a trabajar y eso era incompatible con sus planes. Pensó irse sin más y llamar más tarde para decir que estaba en cama o algo así, pero, como estaba decidido a cambiar ciertas cosas, decidió que lo mejor era llamar a la oficina. “Pásame con Rebusco, Adela”. “¡Ramírez! ¿Eres tú..? –Exclamó la secretaria del jefe de Ramírez al oír su voz a través del teléfono- El jefe está reunido, ¿Quieres que le pase algún recado?”.  “Pásame con Rebusco, Adela. ¿No me has oído? Quiero hablar personalmente con él”. “¡Oh, estás desconocido! Espera, ya te paso”.
“Señor Rebusco, es Ramírez. Dice que quiere hablar personalmente con usted”. Le dice la secretaria a su jefe por el interno. “¿Para eso me molestas, Adela? Te dije que no quería que me molestaran. No sé cómo hay que decirte las cosas. ¿Qué quiere el payaso ese? Estoy de él hasta los huevos. El día menos pensado se me acaba la compasión con él. Me tiene harto”. “No sé -Responde la secretaria-, no me lo ha dicho. Y está de un humor…”. “Venga, pásamelo”.
“¿Qué coño quiere, Ramírez? Dese prisa que estoy muy ocupado. Al grano”. “Nada, Rebusco, acabo en seguida. Solo decirte que me voy a pasar un día de campo, así que hoy no me esperen porque no voy a trabajar”. “¡¡Cómo!! ¿Qué no viene a trabajar…? ¿Y qué pasa con los asuntos que tiene pendientes? Ramírez, me tiene muy harto ¿Me entiende? Muy harto”. “Los continuaré mañana. Y si de verdad urgen tanto dile a López que me vaya actualizando la base de datos para no perder tiempo mañana cuando llegue, hoy me voy al campo. Estoy saturado, espero que lo entiendas”. “Pero… ¡Será posible! Ramírez, si hoy no se presenta en su trabajo le rescindo el contrato, ¿Me entiende?”
“Haz lo que quieras, Rebusco. Hoy me voy al campo. Hasta mañana”. Se despidió Ramírez colgando el teléfono.
“¡Me cago en Dios! –Gritó un furioso Rebusco- Adela, ¿Dónde coño está López? Dígale que se presente inmediatamente en mi despacho a ver qué hostias pasa con esa base de datos”.
Ramírez, ese día se duchó solo con agua, alisó sus pocos pelos con los dedos y se vistió sin afeitarse, preparó el café tranquilamente, dio a su perro una barqueta de pavo sin lactosa, desayunó, tomo su gorra, el arnés y la correa de Geno, se puso la gorra, preparó a su perro y ambos tomaron el ascensor y salieron a la calle para subir al coche que estaba justo al lado del portal.
Estando subiendo al perro al asiento trasero, apareció por la acera Fermín Castro, un golfo ferretero del barrio que se lió con una marchosa y vivía con ella en un pisito de la zona en el que tuvieron dos hijos, golfos y maleducados como los padres. Pero este Fermín un buen día se metió en las listas de un partido para el ayuntamiento y le hicieron concejal de urbanismo, desde entonces ha ido mejorando su vida hasta el punto de que dejó el barrio y se fueron a vivir a una urbanización de esas con piscina, tenis y seguridad privada. Lo que hace el poder. Ahora es todo un señor, con mercedes, traje y abrigo de los caros.
En este momento viene por la acera, acompañado de otro señor trajeado y gordito, al ver a Ramírez pone cara de alegre sorpresa y se le acerca con paso acelerado y abriendo los brazos. “¡Hombre, amigo Ramírez! ¿Qué tal, macho?  jajaja Dichosos los ojos”. Con gesto serio e indiferente, Ramírez le contesta: “En otro momento, Locojo, ahora llevo prisa”. Y sube al coche dejándolo plantado en la acera.
Un Fermín Castro boquiabierto exclama: “¡No me jodas, pues no parece que el maricón este está espabilando…! ¿Cómo me ha llamao…?? Y luego se dirige a su acompañante: “Pues, como te decía, el nuevo alcantarillado, yo quiero hacerlo. Pero cómo ya sabrás, hay que aprobarlo y eso son votos. ¿Qué quieres que te diga?”
Su resignado acompañante le pregunta: “¿De cuanto estamos hablando, Castro?”.

6 comentarios:

  1. Gracias. Una noche soñé que no encontraba mi coche, cuando me desperté era la hora de ir a trabajar jajaja. Lo demás es ficción.Bueno, cuando vivia mi perro, tenía miedo a que un perro de presa le atacara.
    Saludos.

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  2. Hola amigo, te conozco gracias a tu comentario del hielo picado para los sorbetes de fresa.
    Me parece muy interesante tu blog, prometo visitarlo, y, sobre todo leerlo, ya que en cosas de esas tan serias como la guerra esta que nos sacude miserablemente todos los días desde que yo recuerde que me funcionan las neuronas, es tan triste como sobado, pero me ha gustado tu sentido del humor. Gracias amigo. Una anónima de seudónimo Ana

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  3. Hola, amiga, me suena lo del sorbete de fresa pero en este momento no caigo. A veces visito sitios y dejo un comentario abstracto con un enlace. Sobre todoen msn donde por cualquier tontería te eliminan el mensaje. Gracias por visitarnos, es un honor que te gusten mis ocurrencias. Por desgracia, la guerra y la vida nos impiden dedicarnos a esto, que es lo que nos gusta, todo lo que quisieramos.
    Un saludo cordial.

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    1. Hola Dark, soy Ana, tenía que haber especificado que el comentarista fue tu colega Tomas. Muy agradecida a ambos. Estuve leyendo con fluidez lo de Ramírez. No sé quién es el escritor, pero es simplemente Genial! y lo multiplico por dos.

      En otro momento me paso por lo de las guerras, causa más que preocupante en un preocupante mundo que como bien dices, no nos dejan hacer ni vivir y en paz amigo, y es que, quizás de eso se trate: de no dejarnos vivir ni crecer ni hacer en ninguno de los sentidos. Quiero, deseo y aspiro a que este mundo se levante con fuerza entre todos para que por fin la palabra "paz" sea olvidada ya que dejarán de existir los conflictos y las guerras. Guerras que no hacemos nosotros, pero que gota a gota vamos consintiendo en tran número ya que si no soy yo, hay treinta que las defienden, y, sobre todo, "viven" de ellas.
      Recibid un abrazo.

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    2. Hola, Ana, el autor es solo un intento de contador de cuentos al que la realidad desborda y no puede dedicarse a ello más que de forma esporádica. Gracias por los elogios.
      Las guerras... Hay un importante sector de la humanidad que vive de por y para las guerras. Pero un amigo mío, decía que los conflictos bélicos que el hombre vive a nivel mundial, son solo una materialización de nuestros conflictos internos. A veces reflexiono sobre ello. Por el momento, soy solo una partícula más de este mundo de bien y mal, en permanente lucha de equilibrio y desequilibrio, que intenta ponerse del lado que ve más justo. Todos podemos equivocarnos pero, es un riesgo preferible a permanecer inmóvil por el temor a cometer un error. Un placer leerte. Saludos

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