jueves, 6 de marzo de 2014

A Leopoldo María Panero. In memoriam



Allen Ginsberg  le estaba llamando hace tiempo. A su banquete le faltaba el último poeta español de siglo XX, que no era otro que Leopoldo María Panero.
Muchos son los que escriben odas a la borrachera en la tertulia de los descosidos. Pero poesía no es eso ni eso son poetas.
Panero se ha ido y nos deja en la apatía de los tertulianos del sistema que escriben libros porque son leales y maleables y nos relatan con ternura las tardes de su niñez en el universo del estadio de fútbol acompañado de su papá burgués, o nos deleitan con los honrados pensamientos del taxista que los traslada de tertulia radiofónica a televisiva.
Escritores sistémicos de corte progre o asquerosamente reaccionario; catedráticos de buen sueldo y mejor mesa, pero: ¿Dónde está el poeta?
Poeta es el que ha aprendido a volar montado en el bostezo de las nubes y navega con el viento profundo del grito del silencio, arropado por la oscuridad forjada en los gritos del tedio en la amargura. Y de ahí, emerge el avatar del loto que deslumbra por su belleza y enamora a la mirada de las violetas salvajes.
Tal vez nunca hayas escrito un verso y hasta tengas miedo de hacerlo, pero si tan solo puedes intuir un atisbo de lo que estoy diciendo, tú si eres de verdad poeta. Como Leopoldo, que se forjó en el chirriar de los cristales rotos que penetraban por sus ojos y anidaban en su mente.


Allen Ginsberg hoy ya está feliz porque a su fiesta de lunas y versos se le ha unido el ultimo poeta que quedaba en las Españas.


Dafne ha descubierto la luna petrificada
desde sus brazos láureos danzantes de brisa,
que no llegan al agua.
El arpa del ginún
Desde hace tiempo, está cubierto de la arena
 quemada,
y mi sueño no juega con la risa
 de la rosa velada.
Se me ha perdido mi barquito azul
Y mis velas navegan
En el mar de la nada.
Tal vez camino de demencias
Por un silencio helado
O vivo la oscuridad en un letargo
Amargo.
Pero al despertar encuentro
 sobre mis ojos cansados
 la suavidad en pétalos de tus labios.


Quevedo agotó todas las rimas y Góngora hizo hartazgo de la métrica y las expresiones cultas y, Federico, nos sumergió en pozos insondables de mano de un niño que soñaba en su cuna.
Y, ¿Panero? ¿Qué nos dijo? ¿Dónde quiso llevarnos? Tal vez al mundo ignorado y atroz que grita y se rompe tras las murallas que crujen allá abajo.



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